¿CREER,
OPINAR Y REZAR, NOS SALVARÁ?
Las costumbres, las
creencias y la idiosincrasia de un pueblo son las que determinan la calidad de
vida de esa población; puesto que para mí; occidental de agua fría, no sería
calidad de vida vivir con los cerdos en la misma habitación, no comerme los
restos de algún animal muerto que encontré tirado en la calle y transitar mi existencia
con la misma ropa hasta que esté convertida en jirones.
Nuestras costumbres son las
que nos definen como sociedad y los elementos metafísicos de la cotidianidad
son los que nos pueden condenar ante ella, tanto es que éstos nos convierten en
transgresores de la “convivencia”, aquellas cosas de las que nunca hablamos,
pero que todos sufrimos, padecemos y tragamos por miedo a ser excluidos o
señalados. Un ejemplo de ello es un viaje en metro (al fin de cuentas le hemos
creído eso de que es “calidad de vida”), pues por más ganas que se sienta,
sería todo un sacrilegio dejar caer un flato, nadie se atreve, es una “norma”
que está implícita en las conductas de nuestra comunidad. Por más que exista
una voluntad de poder que domine nuestro propio ser y de la cual pensemos que
somos los amos y señores de él, nos tenemos que sublevar ante los demás, pues
de una u otra forma interferimos en la “calidad de vida” de los demás; por esto
la opinión, o pensamiento que apliquemos ante otras sociedades ajenas a la
nuestra no deja de ser eso, una opinión que subleva toda realidad, que por más
razón que tengamos es la costumbre y en ocasiones la misma religión la que no
permite que el entendimiento supere una etapa de negación.
Al observar las comunidades
africanas que han sido atacadas por el virus del ébola, podemos ver como éstas
no permiten que el “hombre blanco” venga a intervenir en sus acciones diarias y
de cómo buscan en ellos los culpables de sus misma tragedia; pues para nosotros
no sería fácil volvernos a un primitivismo donde las acciones del cuerpo y de
la costumbre puedan salvarnos de algún tipo de desastre, no aceptaríamos por
ningún motivo que algún tipo de chaman africano llegara a nuestras ciudades a
decirnos que la única manera de liberarnos de la gripe (influenza) de por vida (este virus que viene afectando a la
humanidad desde que existe y que ha sido analizada, controlada y combatida
desde hace más de 2.400 años cuando la describe por primera vez el padre de la
medicina Hipócrates) es que nos deshagamos de todos los males que hay
dentro de nuestro ser a través de los gases que emanan de el esfínter, pues
nuestras mentes agiotistas y lisonjeras no permitirían profanar el manual de
Carreño y preferiríamos morir a tener que compartir las desgracias de los
otros.
Salvar a una comunidad que
ha vivido aferrada a sus creencias y costumbres por más tiempo que el que el
pensamiento occidental se ha asentado, con las “verdades” y “racionalismos” de los
hombres de ciencia, va a ser un arduo trabajo, el ir tratando con cada uno y
convencerlos de que se apeguen a nuestras costumbres va a tardar más tiempo que
el descubrimiento de la misma vacuna y el advenimiento de algún dios salvador.
Mientras tanto nosotros
seguiremos viviendo en nuestra “perfecta” comunidad, seguiremos soportando las
nuevas mutaciones de la gripa y cuando viajemos en el metro seguiremos diciendo
como nuestras abuelas: “préstame tu niño
para que me pea”, y así permitir que los demás puedan continuar con su “calidad
de vida”.
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