jueves, 21 de agosto de 2014

¿CREER, OPINAR Y REZAR, NOS SALVARÁ?


Las costumbres, las creencias y la idiosincrasia de un pueblo son las que determinan la calidad de vida de esa población; puesto que para mí; occidental de agua fría, no sería calidad de vida vivir con los cerdos en la misma habitación, no comerme los restos de algún animal muerto que encontré tirado en la calle y transitar mi existencia con la misma ropa hasta que esté convertida en jirones.

Nuestras costumbres son las que nos definen como sociedad y los elementos metafísicos de la cotidianidad son los que nos pueden condenar ante ella, tanto es que éstos nos convierten en transgresores de la “convivencia”, aquellas cosas de las que nunca hablamos, pero que todos sufrimos, padecemos y tragamos por miedo a ser excluidos o señalados. Un ejemplo de ello es un viaje en metro (al fin de cuentas le hemos creído eso de que es “calidad de vida”), pues por más ganas que se sienta, sería todo un sacrilegio dejar caer un flato, nadie se atreve, es una “norma” que está implícita en las conductas de nuestra comunidad. Por más que exista una voluntad de poder que domine nuestro propio ser y de la cual pensemos que somos los amos y señores de él, nos tenemos que sublevar ante los demás, pues de una u otra forma interferimos en la “calidad de vida” de los demás; por esto la opinión, o pensamiento que apliquemos ante otras sociedades ajenas a la nuestra no deja de ser eso, una opinión que subleva toda realidad, que por más razón que tengamos es la costumbre y en ocasiones la misma religión la que no permite que el entendimiento supere una etapa de negación.

Al observar las comunidades africanas que han sido atacadas por el virus del ébola, podemos ver como éstas no permiten que el “hombre blanco” venga a intervenir en sus acciones diarias y de cómo buscan en ellos los culpables de sus misma tragedia; pues para nosotros no sería fácil volvernos a un primitivismo donde las acciones del cuerpo y de la costumbre puedan salvarnos de algún tipo de desastre, no aceptaríamos por ningún motivo que algún tipo de chaman africano llegara a nuestras ciudades a decirnos que la única manera de liberarnos de la gripe (influenza) de por vida (este virus que viene afectando a la humanidad desde que existe y que ha sido analizada, controlada y combatida desde hace más de 2.400 años cuando la describe por primera vez el padre de la medicina Hipócrates) es que nos deshagamos de todos los males que hay dentro de nuestro ser a través de los gases que emanan de el esfínter, pues nuestras mentes agiotistas y lisonjeras no permitirían profanar el manual de Carreño y preferiríamos morir a tener que compartir las desgracias de los otros.

Salvar a una comunidad que ha vivido aferrada a sus creencias y costumbres por más tiempo que el que el pensamiento occidental se ha asentado, con las “verdades” y “racionalismos” de los hombres de ciencia, va a ser un arduo trabajo, el ir tratando con cada uno y convencerlos de que se apeguen a nuestras costumbres va a tardar más tiempo que el descubrimiento de la misma vacuna y el advenimiento de algún dios salvador.

Mientras tanto nosotros seguiremos viviendo en nuestra “perfecta” comunidad, seguiremos soportando las nuevas mutaciones de la gripa y cuando viajemos en el metro seguiremos diciendo como nuestras abuelas: “préstame tu niño para que me pea”, y así permitir que los demás puedan continuar con su “calidad de vida”.    

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