Corría el año 1.976 mientras que en Medellín
los gitanos exiliados celebraban la muerte del generalísimo Franco y el
nacimiento de César Cardona; el mundo contemplaba la liberación de China y por
fin le decía adiós a Mao Tse Tong y Chile lloraba la muerte de Salvador Allende
y la llegada del Augusto Pinochet; mientras tanto en inmediaciones del lago Ébola
en la antigua República Democrática del Congo, hoy Sudan, se presentaba el
primer deceso por la enfermedad que ahora lleva el nombre del lugar donde
ocurrió. En ese entonces algo desconocido, y por estar en un lugar apartado y
sin mucha comunicación no pasó a mayores, pero haciendo análisis se descubrió
que era una cepa de un virus muy parecido (Marburg) que infectó a unos
científicos en el año de 1967 en Alemania y Yugoslavia, con unos monos
provenientes de África.
En el 76 una era de terror llegaba a su fin,
otra apenas despertaba, el pánico se apodera de unos cuantos, con la diferencia
de que en esta época éste se propaga más rápido que el mismo virus, pues para
adquirirlo es necesario tener contacto directo con él. Pero la situación está
casi en el mismo punto, dictaduras que aniquilan poblaciones, que aterrorizan
naciones y que destruyen sueños y esperanzas y no es necesario tener contacto
directo con ellos, sólo es suficiente hacer algún tipo de comentario público
para morir a causa de los desacuerdos y diferencia de opinión.
El virus del ébola ha acabado con la vida de
unas 2.000 personas, y es declarada emergencia sanitaria por la cantidad de
víctimas en los últimos 40 años, pero en la franja de Gaza en un periodo de dos
meses han muerto más de este número de palestinos, sin contar con los soldados
israelíes, ¿por qué esta no es una crisis de salud pública?, ¿será la misma
humanidad una epidemia sin control?
Igual que el ébola, la violencia ha sufrido
mutaciones, los cambios de sistema y el silencio han permitido que ésta se
arraigue en las naciones, la forma de ejercerla y esparcirla es lo que cambia,
un ejemplo de ello es Medellín, en los años 80 sufríamos por causa de la mafia,
los carros bomba y las explosiones de paquetes ubicados en espacios públicos
era lo que devastaba la ciudad, en los 90 surgen fuerzas oscuras legalizadas
por la administración (las convivir), algunas otras que tuvieron siempre su
arraigo en las selvas se trasladan a la ciudad y más adelante su contra, con el
patrocinio del Estado reclaman el territorio y obligan a las poblaciones a
elegir a un nuevo régimen de gobierno, llega el siglo XXI y la situación
empeora, la guerra se traslada a la ciudad y los callejones se llenan de
cadáveres, y los barrios quedan vacios porque extrañamente sus jóvenes desparecen
silenciosamente y nunca más se vuelve a saber de ellos.
Habrá que esperar para ver qué pasa, si los
muertos siguen cayendo a causa del virus o a manos del mismo hombre. Si los
Mayas erraron con su predicción del fin en 2012, ¿los hombres de hoy lo haremos
para unos cuantos años más?; ¿habrá quien haga entender a las naciones que el
mundo no es de unos cuantos? Mientras tanto seguimos viendo informes de la OMS
haciéndole seguimiento a una enfermedad y cambiamos de canal o abrimos otra
pestaña en la web cuando vemos alguna noticia sobre las masacres, las
dictaduras, los malos gobiernos y el estado general de la humanidad, estas son
cuestiones que dejamos pasar inadvertidas. Tal cual vivimos los sucesos de los
años 80, cuando el SIDA se convirtió en una pandemia, la discriminación, la persecución,
el desarraigo, la exclusión de sus portadores aun persiste, gracias a los
medios de “des – información”, quienes han corrido la voz más rápido que la
misma peste.
Habrá quien piense, declare y profese, que
esto son los designios de algún dios iracundo que está molesto con su creación,
sólo debemos esperar a ser uno de los 144.000 elegidos para la salvación y
sufrir a manos de la inquisición mediática que nos espera.
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